Es integrante del Consejo Directivo del Comité Promotor por una Maternidad sin Riesgos en México, Coordinadora de Proyectos del Gabinete de Enfermeras y Centros de Orientación, A. C. (GECO) Tesorera del Colegio de Salud Pública de San Luís Potosí en San Luis Potosí. Es Consultora del Centre Development and Population Activities (CEDPA) para el proyecto de seguimiento de egresadas (Coaching a distancia) 2007-2010 y Consultora de Ipas México.
Es autora de dos publicaciones sobre atención a víctimas de violencia y coautora de 12 artículos técnicos incluidos en publicaciones de circulación nacional e internacional. Fue Consejera Propietaria de la Comisión Estatal de Derechos Humanos en el estado de San Luís Potosí por el periodo abril 2000 a marzo 2009, fue integrante del Consejo de la Escuela de Parteras de CASA 1996-2000 y trabajó como Coordinadora de Proyectos de la Fundación Filantrópica Rotarios San Luís de marzo a junio del 2009.
En el ámbito de la sociedad civil organizada dentro del campo de la salud reproductiva fue fundadora, asesora, instructora y directora de Ipas México, A. C. durante 16 años (1986-2001) en los que participó en actividades de procuración de fondos hasta obtener financiamiento de diversos organismos nacionales e internacionales, embajadas y otros para apoyo a proyectos de capacitación e implementación logística con la Secretaría de Salud, el IMSS, IMSS-Oportunidades y otras instituciones de salud. Participó en varios programas de capacitación, supervisión, reuniones nacionales e internacionales en México, Guatemala, Nicaragua, Brasil, Perú, Paraguay, Colombia y Kenia.
Trabajó más de 30 años en el Sector Salud en México en puestos docentes, operativos y sustantivos en los niveles local, estatal y nacional en gineco-obstetricia y salud pública. Fue Coordinadora del Grupo Nacional Contra la Tuberculosis dirigido por el Dr. Carlos R. Pacheco y del Primer Comité de Infecciones Nosocomiales del IMSS integrado en el Hospital de Enfermedades del Tórax del C. M. N. Fue profesora de pregrado y posgrado en Escuelas de Enfermería de varias Universidades en México, D. F. y San Luís Potosí.
Ha dirigido y participado en proyectos de educación y capacitación enfocados principalmente a mujeres internas en reclusorios, rurales, indígenas, con profesionales de la salud y la educación, y adolescentes de ambos sexos.
Informacion Bibliografica
No sé donde nacieron. Pero si sé que mis abuelos paternos, Vicente Saldaña y Andrea Martínez de Saldaña tuvieron 7 hijos. En los años 40s vivían en Cerritos, S. L. P. Mi abuelo y 6 de los hijos se trasladaron o regresaron a Tampico, Tamps. para dedicarse al comercio. El auge petrolero y las oportunidades del puerto les hacían esperar buenos frutos, no se equivocaron.
La abuela Andrea, se quedó en Cerritos con su hijo Román, mi papá, al cuidado de varias propiedades. El Mesón tal vez era el primero y único en el pueblo por aquellos años. Siguiendo la tradición de estos lugares en México, muchas personas encontraban -dice mi tía Conchita- un lugar de descanso para ellos y los animales en que se trasladaban. El caserón tenía las características de aquella época: la puerta amplia de pesada madera, el aljibe, el establo, un patio central y varios cuartos alrededor que servían de recámaras, salas de estar, cocina o comedor. La abuela Andrea se fue a Tampico a reunirse con los demás hasta que mis padres se casaron en 1943. (foto matrimonio papás) Ellos quedaron al cuidado del Mesón. Luego se cambiaron a otra de las casas de la familia, una de similares características, el abuelo se las dejó o se las vendió, nunca supe, pero quedó a nombre de mi papá. Sé que viví en esa casa los primeros meses de mi vida. Me he soñado recorriendo ese enorme terreno que estaba en la parte de atrás de la casa.
Recuerdo que mi padre hacia comentarios de sus hermanos/as, su tono era nostálgico, los extrañaba: a veces eran sobre Miguel y su fábrica de zapatos, o de Bardomiano, quien fue luchador y comerciante, dueño de la refresquería “La Victoria” que ahora funciona como Café y sirve de sede a la Claraboya Literaria los jueves como ya es tradición, sigue ubicada en la Plaza de Armas, en contra esquina de la Refresquería El Globito. También nos hablaba de Matilde y su enorme billar frente al cine “Variedades”, de Ninfa, Toribio y Leonor, que trabajaron varios años en Estados Unidos hasta hacerse de un buen patrimonio con el cual regresaron a vivir a Tampico. Tal vez esa nostalgia procedía del aislamiento familiar en que se sentía a pesar de que viajaba a Tampico a visitarlos. Tuvo un acordeón y después un piano, disfrutaba arrancar algunas melodías. Su actitud conmigo y con mis hermanos fue moderada, cordial algunas veces, sobre todo de pequeños, aunque nunca compartió nuestros juegos, por que siempre estaba trabajando. Su actitud casi siempre era distante, lo recuerdo ensimismado, taciturno o tal vez sería la desvelada y el cansancio por el trabajo, ahora considero entre otras opciones, la educación y las costumbres derivadas de la cultura masculina de aquellos tiempos. El conocía a todos en el pueblo y todos lo conocían a él. Pero no tuvo amigos cercanos, o no los frecuentaba o al menos no los llevaba a la casa. Ignoro las causas por las que restringió el ejercicio de la amistad con otros hombres, tampoco practicó ningún deporte. A menos que se pudiera considerar como tal las pocas veces que salió de excursión a buscar tesoros con un conocido del mismo pueblo y un aparato para localizarlos. Nunca encontró nada, espero que haya disfrutado la experiencia. En su trabajo hablaba mucho con los clientes. Nos decía que a ellos jamás debería de contradecirlos. Agregaba que quien se dedicara al comercio no debía hablar de política, de religión ni de futbol. Debe haber ejercido un nivel de comunicación muy básico o contar con una madurez a toda prueba por que evitó involucrarse emocionalmente. Trabajaba de las 4 o 5 de la tarde hasta las 4 o 5 de la madrugada. Pasaba la mañana y parte de la tarde descansando. Esto limitaba nuestras posibilidades de convivir. Las pocas ocasiones que hablamos no recuerdo que haya mencionado a sus padres, que ya habían fallecido. Tampoco pregunté. El énfasis estaba en su papel de proveedor, dejando en segundo lugar la comunicación, la convivencia, la confianza, si la ausencia también envía mensajes recibimos suficientes de ese tipo, no se si él se daría cuenta. Las corrientes actuales sobre la construcción de una nueva masculinidad cuestionan los modelos y buscan la construcción de uno más humano, más cálido, más justo para todos. Fue una sorpresa para mi cuando, ya muy grave, me dijo que si moría deseaba ser sepultado en Tampico, por que allá estaba mi abuela. No tenemos fotos de los abuelos, ni de los tíos, ni de sus hijos, de esta rama de la familia solo tengo dos fotos, son de Sergio, uno de mis primos, tomada durante su visita a Cerritos en los años de la infancia y una reciente en nuestro breve re-encuentro.
Mi abuela materna fue María Muñoz de Rivera, falleció después de tener 8 hijos, dos de las niñas fallecieron muy pequeñas. Sus hijas mayores, Esther y Conchita, tenían 12 y 9 años cuando ella murió. Están seguras que le ayudaba al abuelo en la farmacia, pero no disponían de fotografías, ni de ella, ni de ninguna de las mujeres de la familia, que seguramente fueron longevas por que mi tía Conchita recuerda que su abuela Ursula y su bisabuela Antonia vivieron unos años con ellas a la muerte de su madre. Se perdieron la memoria, las palabras y las historias de mi abuela y las demás mujeres de su familia. La ausencia de imágenes, la orfandad y el silencio se coludieron.
En cambio, la foto del abuelo Francisco Rivera y la de su padre Manuel Rivera, mi bisabuelo, ambos médicos, lucían en sobrios marcos (fotos de bisabuelo y abuelo). Del bisabuelo no se supo más que su profesión y alguna nota en el periódico de la época. De mi abuelo nos contaron que practicaba la medicina, que trabajó en las Minas de Guadalcazar, S. L. P y que luego tuvo una farmacia en Cerritos. Fueron muchas las anécdotas que mi madre nos platicó. Se acordaba como ella le ayudaba a curar a los heridos y a despachar en la farmacia desde la muerte de su mamá. Como se había caído de un burro durante una excursión cuando mi abuelo espantó al animal mientras jugaban. El le celebraba sus aventuras, como aquella vez que se cayó del tranvía (jalado por mulitas) por subirse cuando ya estaba en marcha, siempre nos enseñaba una cicatriz que le quedó de esa ocasión. También nos hablaba de las agresiones físicas de su hermano Manuel, de los regaños y castigos de la Tía Tila, quien siguió viviendo con ellas para ayudar con la familia, de las dificultades por causa de Petra, la segunda esposa de mi abuelo, de los bailes y ferias a las que iba con mis tías, sus hermanas, de las serenatas y de cómo hasta el abuelo disfrutaba de ellas. Recordaba con gusto la época en que trabajó en la farmacia del papá de don Antonio y don Rafael Rocha Cordero , con quienes en su juventud llevó una buena amistad.
Nací en Cerritos, S. L. P., el 1 de septiembre de 1944, aunque en el acta de nacimiento aparece el 12 de septiembre, fecha que acepté oficialmente para evitar problemas burocráticos. Mis padres fueron Román Saldaña Martínez y Esther Rivera Muñoz. Atendió el parto Doña Josefina, la partera del pueblo, el parto en casa era por tradición, por restricciones económicas y por falta de hospitales en aquellos tiempos. Fui la mayor y única mujer. Luego nacieron 5 hermanos: Jaime, que trabajó en Ferrocarriles hasta llegar a Despachador y se graduó de Psicólogo, Francisco que aunque estudió Mercadotecnia y Publicidad se dedicó a su fábrica de muebles, Román ejerció su carrera de abogado, Víctor Manuel, Ingeniero agrónomo dedicado al comercio y Miguel Angel, también abogado.
Los 5 fueron atendidos por la Sra. Marieta Lara de Villarreal en su nacimiento y a todos nos atendió para cuidar y restaurar nuestra salud. De todos mis hermanos y sus familias conservo fotografías, varios cientos de ellas, la mayoría organizadas, por que si llega el silencio, quiero tener a la mano imágenes que me recuerden los nombres, las palabras, el cariño y el apoyo que hubo entre nosotros.
Desde mi nacimiento existieron varias discrepancias entre mis padres, no se pusieron de acuerdo en el nombre, mi padre se adelantó y me llevó a registrar. Una vez concluido el trámite informó oficialmente que ya llevaba el mismo nombre que el de su mamá: Andrea. Mi madre no cedió y logró que el sacerdote que me bautizó en la iglesia católica de Villa Juárez lo hiciera con el nombre de Esther, como ella quería.
En aquella época, finalizada la segunda guerra mundial, las mujeres empezaron a usar pantalones en las fábricas del país vecino. Entre las artistas fueron Greta Garbo en Estados Unidos y María Félix en México a quienes se les acredita ser las precursoras de esta prenda. Tardó varios años en llegar esta tendencia hasta mi pueblo. Pero puedo asegurar que fui la primera niña en usarlos en Cerritos desde antes de que eso sucediera, hacia los años 50s. Los usaba de lunes a sábado, los domingos y días de fiestas eran para usar vestido.
Los modelos y rituales son importantes desde la infancia. Las muñecas estaban a cargo de mi madre, las mantenía cuidadosamente guardadas en el ropero para que no las fuera a maltratar. Me dejaba jugar con ellas periódicamente, usando juegos de té y enseres domésticos. Así fue como me inicié en el aprendizaje y la práctica para el cuidado de otros. Los clásicos juegos que aún se utilizan para marcar el rol “femenino” en las mujeres. Recuerdo que pocas veces disfruté de ellos, un poco por lo inaccesible de mis muñecas y otro poco por que no me quedaba mucho tiempo libre.
Gracias a mis padres tuve la libertad de practicar un modelo adicional, el “masculino” al jugar con patinetas, bicicletas, pistolas de agua, canicas, baraja española, dominó, trompo, balero y juegos de billar en el negocio de mi padre. Siempre bajo su cuidadosa vigilancia, antes de la hora de abrirlo, mientras él arreglaba las mesas mi hermano y yo practicábamos carambola o pool, también lo llegué a hacer en el salón de billar del Club de Leones. Así fue como adquirí habilidades, en ese entonces casi exclusivas para los hombres y con ello establecí relaciones de compañerismo y amistad con los niños, mis compañeros de escuela.
Con ellos compartía juegos y afectos, algunos me dieron su apoyo y protección, en especial cuando perdía mis “choyitas” jugando a las canicas, no estoy segura si eran concientes de estar aprendiendo el rol que la cultura les asigna como proveedores, ni sé si los sentimientos que los guiaban eran de solidaridad y afecto o si ya a esa tierna edad existiría otro tipo de interés. Debo decir que al principio tampoco me importaba, estaba satisfecha con las ganancias secundarias de participar en el mundo de los “hombres” desde entonces. Luego me dí cuenta que conforme mejoraba mi habilidad en el juego las cosas cambiaban. Ahora comprendo que dejaba de ser protagonista para convertirme en antagonista, el trato era diferente, pero no me importó, aprendí a disfrutar el triunfo, con él fortalecía mi autoestima e independencia, fueron sensaciones a las que empecé a aficionarme.
Tal vez también fue un escape. En casa no se podía jugar en el día o debíamos de hacerlo en silencio por que mi padre solía descansar en ese horario dado que su trabajo era nocturno.
Mi papá si lo intuía. Pero no creo que mi madre haya sido conciente de las ventajas, condiciones y limitaciones que se moldeaban en mi carácter al practicar los modelos “masculino y femenino” durante mi infancia. Estoy convencida que impactaron positivamente para mi desarrollo. Los comentarios y palabras de mi padre respecto a mi trabajo y desarrollo profesional denotaron orgullo y lo noté complacido por mis avances. Mi madre nunca dejó de insistir en fortalecer el rol “femenino”, que era el que veía que yo delegaba con mayor frecuencia, aunque siempre sin perder el control ni la administración del mismo. Con mi hermano, dos años menor que yo, practiqué mis incipientes dotes de “cuidadora”, y al dejar de ser bebé se transformó en mi compañero de juegos. Esta nueva relación se acercaba más a la equidad y propició una excelente comunicación. Para mis otros hermanos fui cuidadora y proveedora eventual, esto aunado a la diferencia de edades y la distancia impidieron una mejor comunicación.
Mi madre encontró que la bicicleta era una herramienta muy útil. Supo aprovechar mis habilidades en ella para mandarme desde muy niña a cuanta diligencia requería, en apoyo de actividades familiares y del comercio informal en el que incursionó.
Pasó a ser parte de mi rutina que al regresar de la Escuela, luego de una rápida comida, saliera en varias misiones a bordo de mi bicicleta recorriendo distancias de 3 a 5 kilómetros. A veces, como premio o para distracción, mi madre nos llevaba de excursión al Cerro de las Peñas o al Cerro de la Cruz. En ambos, desde lo más alto, podía ver las milpas que rodeaban el pueblo, los árboles y las diversas cactáceas que colmaban el campo, el paisaje era atravesado por las vías del tren, destacaba en ocasiones la locomotora y los vagones que cruzaban dos veces al día. Cuando tenía la suerte de verlo, me imaginaba innumerables viajes que realizaría en el futuro, así empezaron mis planes, como sueños de infancia, como ilusiones que siempre guardé, como señuelos o incentivos.
En un pequeño pueblo no faltaron la censura y los comentarios, nos decían que no era correcto que anduviera en pantalones, sola y en bicicleta recorriendo las calles y los barrios, realizando actividades poco practicadas por mujeres. Para mi era normal vestir pantalones, incluso para asistir al catecismo, inédita situación en esos años. Enfrenté incluso la objeción del sacerdote y salí airosa con la mejor de mis sonrisas cuando el declinó seguir contestando las más ingenuas preguntas respecto a las razones para no usar los pantalones, cuando me cuestionó mi vestimenta. Creo que como resultado de tan temprana censura surgió en mí el estar siempre a la defensiva.
Logré constatar lo que los textos clínicos mencionan, que quienes sufrimos de rechazo en la niñez no podemos librarnos de sentir una especie de culpabilidad. Solo muchos años después, cuando por otras circunstancias acudí a psicoterapia, pude manejar este conflicto. Es posible que esto haya influido a nivel subconsciente. Tal vez fue una de las razones por las que en algunas ocasiones no pude abstenerme de dar a los demás el poder que no me concedía a mi misma, respecto a mis sentimientos o a mis decisiones. Pero mi carácter me ayudó. Las situaciones que recuerdo o son pocas o corrigieron su rumbo más tarde o más temprano. El miedo al rechazo se prolongó durante mucho tiempo, fue un límite al ejercicio de mi libertad y al control sobre mi propia vida. El análisis de estas situaciones me hizo cuestionar esas actitudes y encontrar la explicación para los episodios de depresión que me abatían. Al paso de los años, con mayor conocimiento y una buena dosis de empatía, a pesar de su doble filo, logré dejar atrás los resquemores.
No había televisión, ni computadoras, ni muchas de las maravillas electrónicas que han aumentado las posibilidades y disminuido el tiempo. La lectura, el radio y las películas fueron los recursos a mi alcance. Cuando aún no sabía leer, las imágenes eran el principal incentivo. Recuerdo los libros de “La Familia Conejola” y las “Moralejas de la hormiga y la cigarra”, regalos de mi padre que mi mamá utilizaba para interesarme en el hábito de la lectura. Los libros eran resistentes, sus colores los hacían atractivos y casi no se necesitaba el poco texto del pié de página para saber el diálogo o la trama. Tuve uno musical, me encantaba abrirlo despacio para descubrir el instante en que empezaba a escuchar la música, me gustaba por que me dejaron elegirlo en la librería durante un viaje a la capital, pero también por que su contenido me permitía visitar otro país. Mi madre me guiaba ayudándome con la lectura.
La tía Conchita trabajaba en el cine, lo que posibilitó nuestra asistencia semanal a disfrutar de esta actividad. Pero leer llegó a ser mi principal ocupación en cuanto pude hacerlo sin ayuda. Rutinariamente revisaba el periódico, libros o revistas que pedía prestadas a mis compañeras de clase y maestras. El interés por ampliar el mundo de posibilidades y publicaciones era constante. En casa teníamos el Selecciones, suscripción de mi padre cuya costumbre fue luego asumida por toda la familia. La lectura me abrió las puertas a la información.
En la casa de mi primo Sergio, existía un pequeño cuarto habilitado como bodega con libros y revistas. El vivía en Tampico, Tamps. a 9 horas de distancia por ferrocarril. Mis recuerdos más placenteros de las visitas a su casa son haber revisado y leído cuantas novedades literarias tenía almacenadas. Desde que llegaba empezaba a leer, me habría gustado dedicar todo el tiempo a esta actividad, pero luego de varias horas el cansancio natural me convencía que debería alternar con otras distracciones. Así pude conocer la playa, que entonces estaba sucia de chapopote, pero eso no nos importaba por que nos daban nuestra estopa mojada en petróleo para limpiarnos, también íbamos a remar al chairel, o pasábamos en canoa para llegar a Pueblo Viejo a comer pescado frito con mi tía María , esposa de mi tío Matilde, que era quien más nos atendía. Me gustaba escucharla, compartía conmigo sus recuerdos de cuando vivió en Palomas, el rancho de Ciudad del Maíz donde habían nacido al igual que sus hermanos, Saturnino, Cleofas y Magdaleno, militares que participaron en varios episodios de la Revolución., dos de ellos murieron en combate, el tono de su voz era de orgullo por que el que les sobrevivió, Saturnino, quien llegó a General, Gobernador y Secretario de Agricultura. Aunque debe haber sido muy pequeña recordaba con tristeza y resignación el triste final que este último enfrentó, cuando lo asesinaron. También paseaba con la Tía Leonor, hermana de mi papá, ella nos llevaba a las visitas familiares, por ella conocí al resto de la familia de mi padre. Siempre recuerdo su cariño y su excelente sentido del humor que compartía generosamente.
Desde secundaria las novelas de Corín Tellado cultivaron mi imaginación y exacerbaron mi curiosidad. Hoy sé que esta escritora ha sido pionera, tanto en su forma de vivir como en la de enfocar su trabajo. Seguramente no leí los más de 5,000 títulos que logró publicar, pero sí los suficientes como para apreciar la variedad de argumentos, el coraje y la valentía que mostraban sus mujeres, personajes centrales generalmente preocupadas del amor, el marido, los hijos y el hogar, pero que no se acobardaban ante nada. La descripción de los personajes masculinos, generalmente siempre de círculos socioeconómicos elevados reforzaba el paradigma del “principe azul” recién disfrutado en los cuentos de cenicienta y tantos otros similares, pero eran hombres estupendos, sensibles, regalando flores, dialogando, llorando en una época donde esto no se reconocía como propio del sexo masculino. Los finales se distinguían por responder a lo socialmente aceptado en aquella época. En 1962 la UNESCO la declaró la autora más leída en castellano, después de la Biblia y Cervantes. Con estos principios me fue sencillo el siguiente paso: disfrutar de infinidad de obras de escritores y escritoras de México y de otros países.
Estoy segura que el hábito de la lectura me ayudó a mejorar mi ortografía cuyas reglas jamás pude aprender por completo, sin embargo algo como un sexto sentido me avisaba cuando escribía mal alguna palabra. Ahora entiendo que era el subconsciente, la memoria y mi capacidad de concentrarme la que me llevaban a aplicar estas reglas gracias a la práctica constante de la lectura.
En las películas la combinación de las imágenes, la música, la actuación y los efectos especiales resulta en ocasiones más atractiva por el resumen de la obra. Para mí, no suple la necesidad de leer la fuente original: el libro. Verificar la fidelidad o los cambios que se introdujeron en el libreto resulta enriquecedor, además de que satisface la curiosidad que despierta la confrontación.
Tal vez estas actividades me eran tan gratas por que en mi pueblo no existía biblioteca. Pero se conseguía rentar toda clase de revistas en varios comercios, a veces lo hacía para tomar un merecido descanso después de haber realizado varias gestiones y diligencias que mi madre me había indicado. Pero no faltaban amigas que le llevaran la información de mi estancia en aquellos lugares. Llegaba, cinturón en mano, para castigar la desobediencia y reprimir cualquier intento de malversación de sus recursos. Probablemente se había cansado de usar palabras o razones para tratar de orientarme, se valía del cinturón. El dolor y la humillación dieron resultado. Aprendí que la independencia, la libertad y la toma de decisiones es factible, solo cuando se dispone de recursos propios, esto me permitió ser conciente y proponerme buscar el equilibrio.

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